Capitanía de Río de Janeiro

El lugar que posteriormente se conocería como Río de Janeiro no despertó el interés inmediato de los exploradores portugueses tras su llegada a tierras americanas. No ocurrió lo mismo con los navegantes españoles y franceses, que pronto reconocieron las ventajas de la situación geográfica de la bahía de Guanabara y la oportunidad de realizar trueques de productos como pau-brasil con los nativos que allí vivían, además de animales como monos aulladores, loros y otros artículos muy apreciados en Europa (Serrão, 2008:46). Sin embargo, fue a partir de la tercera década del siglo XVI cuando la región se convirtió en escala obligada de los navíos lusitanos y españoles que se dirigían al extremo sur de América. La comida era suministrada por los nativos y consistía en alimentos locales como pescado, caza, así como harina extraída de raíces (Thevet, 1944: 167). Los viajeros que pasaron por allí destacaron las bellezas naturales que observaron, describiendo la Bahía de Guanabara como hermosa y espaciosa, con el paisaje más seductor del mundo y rodeada de islas de aguas tranquilas (França, 1999:14-35; RIHGB, 1965: 38), con un puerto perfecto para el embarque y desembarque de mercancías, capaz de anclar navíos con seguridad (França, 1999: 20). Todas estas cualidades no pasaron desapercibidas para los armadores franceses, que se negaron a aceptar el monopolio ibérico en el Atlántico Sur y vieron la oportunidad de beneficiarse de las ricas mercancías existentes en estas lejanas tierras (Abreu, 2010: 51). Hans Staden registró la presencia frecuente de navíos franceses en un puerto que los nativos llamaban Niterói (Staden, 1974: 122). Lejos de Bahía y Pernambuco, donde los portugueses mantenían una ocupación más efectiva, Río de Janeiro se manifestaba a los demás europeos como un lugar ideal para establecer sus bases, ya que tenían buena interacción con los habitantes locales y podían extraer de allí pau-brasil. Aunque la Corona había manifestado su preocupación con la presencia extranjera en esa zona del territorio de ultramar y ordenó la construcción de fortificaciones para su defensa, el gobernador general Tomé de Souza no hizo nada para consolidar la presencia portuguesa, alegando que tenía poca gente para cumplir la orden y que lo mejor sería establecer allí un asentamiento. Para dicho gobernador, controlando Río de Janeiro, toda la zona sur de los territorios portugueses en América estaría a salvo (Abreu, 2010: 60-61). Como parte de la disputa de las naciones europeas por los territorios de ultramar, y con el apoyo de Enrique II y del almirante Gaspar de Coligny, Nicolau Durand de Villegagnon, financiado por hugonotes, levantó una fortaleza en el interior de la bahía de Guanabara que tenía como objetivo el comercio, la recepción de emigrantes protestantes y hostilizar a los españoles “con el fin de hacerles desviar a estas bandas sus recursos bélicos”, en un contexto de disputa en Europa (Varnhagen, 1877: 276). La presencia de una base enemiga en América del Sur, donde no solo había indígenas que se oponían a la ocupación portuguesa, sino también protestantes, despertó la preocupación de los jesuitas, que, lejos de ser religiosos eremitas, podían ser considerados “brazos desarmados de las conquistas”, combatientes de las ideas de aquellos que identificaban como herejes, luteranos o calvinistas y que podían ser un obstáculo para “su acción misionera en Brasil” (Abreu, 2010: 105). Los jesuitas, de esta forma, buscaron incentivar la reconquista de la bahía de Guanabara. La ofensiva portuguesa no tardó en prepararse y el gobernador Mém de Sá, noble de la Casa y Consejo del Rey, hermano del conocido poeta Francisco Sá de Miranda, fue designado para asumir la administración general de Brasil (Varnhagen, 1877: 281), con la misión de expulsar a los franceses de las tierras de Río de Janeiro. El nuevo gobernador contó con la ayuda de colonos y hombres de armas, entre ellos Estácio de Sá, nativos esclavistas que afilió en Bahía, y también las personas que el gobernador general reunió en las capitanías reforzando la armada enviada desde el Reino (Abreu, 2010: 108). Tras un intenso enfrentamiento, los galos huyeron de la isla donde estaban establecidos, su fortaleza fue derribada y sus armas confiscadas. La destrucción del fuerte Coligny, sin embargo, no fue decisiva para que los franceses, refugiados en el interior, pusieran fin a las pretensiones de crear un establecimiento permanente en la región (Abreu, 2010: 117). Por esta razón era imperativo establecer un asentamiento en el lugar y, de esta manera, para colonizar Río de Janeiro, fue designado el capitán-mayor Estácio de Sá, que fundó un núcleo en la península junto al cerro del Pão de Açúcar, entre el mar y la primera bolsa de la bahía. El asentamiento recibió pronto el estatuto de ciudad y el nombre de São Sebastião, en honor al rey lusitano. El emplazamiento elegido permitía controlar directamente la entrada de la bahía de Guanabara y vigilar los movimientos de las canoas indígenas hostiles a los portugueses que circulaban por su interior. La costa rocosa del Morro da Urca era una barrera natural contra los ataques por tierra y por mar, y el estrecho tamaño de la bahía limitaba el frente de ataque de los enemigos (Abreu, 2010: 124). Tras la muerte de Estácio de Sá por una herida de flecha en la cara durante los combates en el Morro do Lery, donde se encontraba una de las trincheras de los Tamoios, Mém de Sá trasladó la ciudad al Morro do Castelo, una colina costera con una notable posición defensiva (Abreu, 2010:144). La administración de Río de Janeiro, desde sus inicios, estuvo bajo la responsabilidad de los primeros pobladores que se arriesgaron a defenderla utilizando sus propios recursos, sus parientes, esclavos y flecheros para servir al rey. Esta condición era tanto o más importante que la riqueza material, lo que permitía asumir los altos cargos del gobierno local (Fragoso, 2002: 44). Este fue el caso de la familia Correa de Sá que, junto con otros aliados, considerados la élite del trópico (Fragoso, 2002: 42), estuvo al frente de la administración carioca durante mucho tiempo, rivalizando con el grupo liderado por la familia Mariz, sus oponentes. Los miembros de la familia Correa de Sá gobernaron Río de Janeiro siguiendo las determinaciones metropolitanas, aunque siempre sin descuidar sus propios intereses y los de los colonos que allí se asentaron. Los Correia de Sá contribuyeron al desarrollo de la capitanía con la donación de sesmarias donde se instalaron algunos ingenios para la producción de azúcar, producto que comenzó a exportarse aunque en menor volumen que las principales rutas que conectaban Brasil con Europa. Río de Janeiro también desempeñó un papel como polo o subcentro de una nueva expansión portuguesa en el Atlántico Sur (Sanches, 2006: 174). Durante el periodo de Unión de Coronas, el número de ingenios aumentó significativamente, de tres, a finales del siglo XVI, a ciento catorce en la sexta década del siglo XVI, lo que permitió el impulso comercial local. Al mismo tiempo, hubo otra actividad responsable de la prosperidad de la capitanía: el tráfico con el Río de la Plata y, a través de él, con las lucrativas rutas de Potosí. Dicha actividad fue muy oportuna para los intereses económicos de la región en la medida en que el puerto de Río de Janeiro recibía mercancías de Europa y de los feudos de África que tenían como destino Buenos Aires, desde donde continuaban hacia el Alto Perú, posibilitando el crecimiento del volumen mercantil operado a través del puerto de la ciudad (Sá, 2017: 52). De esta manera, Río de Janeiro comenzó a destacarse como el centro comercial por excelencia (Wehling, 1994: 97). Esta característica de emporio se acentuó en el siglo XVIII, cuando su puerto se convirtió en la principal salida del oro de Minas y receptor de productos europeos, convirtiendo a esta capitanía en una de las más importantes del imperio portugués.


BIBILIOGRAFÍA

  • Abreu, Maurício de Almeida (2010). Geografia histórica do Rio de Janeiro (1502-1700). Rio de janeiro: Andrea Jakobsson.
  • Bicalho, Maria Fernanda (2003). A cidade e o império: o Rio de Janeiro no século XVIII. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira. 
  • Fragoso, João (2002). Afogando em nomes: temas e experiências em história econômica. Topoi, vol. 3, n. 5.
  • França, Jean Marcel Carvalho (1999). Visões do Rio de Janeiro colonial: antologia de textos (1531-1800). Rio de Janeiro: José Olympio.
  • Revista do Instituto Histórico Geográfico e Brasileiro (1965). Rio de Janeiro, v.267. 
  • Sá, Helena Trindade de (2017). Transações comerciais e a Alfândega do Rio de Janeiro na primeira metade do século XVII. Angelus Novus, n. 13.
  • Sanches, Marcos Guimarães (2006). A administração fazendária na segunda metade do século XVII: ação estatal e relação de poder. RIHGB, 432.
  • Serrão, José Verissimo (2008). O Rio de Janeiro no século XVI. Rio de Janeiro: Andréa Jakobsson.
  • Thevet, Fr. André (1944). Singularidades da França Antártica, a que outros chamam de América. São Paulo: Companhia Editora Nacional. 
  • Wehling Arno; Wehling Maria José C. de. Formação do Brasil colonial (1994). Rio de Janeiro: Nova Fronteira.
  • Staden, Hans. Duas viagens ao Brasil (1974). Belo Horizonte; São Paulo: Itatiaia; Edusp.

Autor:

Helena de Cassia Trindade de Sá (Universidade Federal do Estado do Rio de Janeiro)

Cómo citar esta entrada:

Helena de Cassia Trindade de Sá. “Capitanía de Río de Janeiro“. En: BRASILHIS Dictionary: Diccionario Biográfico y Temático de Brasil en la Monarquía Hispánica (1580-1640). Disponible en: https://brasilhisdictionary.usal.es/capitania-de-rio-de-janeiro-1/. Fecha de acceso: 13/04/2024.

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